Texto: Ataúlfo Sanz
Ilustración: Ana Fernández (@Lusaneartisan)

Un guante de lana, azul y amarillo, es todo lo que me quedó de Lena. La niña menuda, de ojos azules y pelo rubio, casi blanco, que llegó a Tenerife para olvidarse del horror de Chernóbil, me dejó al marcharse una única manopla, tejida por su abuela con los colores de la bandera ucraniana, que ella retenía hasta entonces como su más preciado tesoro. “¿Y qué hago con un solo guante?” – Le preguntó asombrado el niño que era yo veinte años atrás–. “El otro, me respondió en su precario español casi recién aprendido, te lo daré cuando volvamos a vernos”.
Esa manopla, que estuvo mucho tiempo sobre mi mesilla de noche, era la forma que yo tenía de recordar la promesa de la niña ucraniana, pero un día desapareció de mi cuarto y nunca más volví a encontrarla.
Para nosotros, los niños chicharreros, era un incordio tener que recibir a los niños ucranianos que venían de la zona de Chernóbil y compartir con ellos tiempo, espacio y juegos. No obstante, el que más y el que menos se acababa finalmente acostumbrando y hasta encariñando con esos niños llegados del este de Europa, que tan poco tenían que ver con nosotros.
Una vez que dejaron de venir a Canarias, mantuvimos contacto periódico con los niños ucranianos, pero con el paso del tiempo eso también se fue perdiendo como el guante de lana, hasta el punto de que cuando Rusia invadió su país, hacía ya muchos años que no sabíamos nada de Lena, como llamábamos en casa a la niña ucraniana.
Obviamente, siempre que en la televisión se hablaba de Ucrania algún resorte en mi cerebro me llevaba a recordar los versos del poema “Castilla”, de Manuel Machado, que memorizamos en la escuela: “Hay una niña, muy débil y muy blanca en el umbral. Es toda ojos azules y en los ojos, lágrimas”. Porque Lena, o al menos el recuerdo que yo tenía de ella, era precisamente como la niña del poema: muy rubia, de ojos profundos y mirada triste. No sabía cómo sería ahora la mujer que fue esa niña, pero estaba seguro de que la tristeza todavía seguiría muy presente en su vida.
La invasión de Ucrania nos sobrecogió, a pesar de haberse anunciado con mucha antelación. Las familias que en La Laguna habíamos tenido contacto en el pasado con los niños ucranianos estábamos, si cabe, más impresionadas que el resto y algunas intentaron contactar con sus acogidos para saber cómo estaban sobrellevando la guerra. En nuestro caso (mi madre y yo, pues mi padre hacía años que nos había dejado), no teníamos modo de localizar a Lena porque hacía tiempo que ya no vivía en la dirección que nos dio en su momento.
Entrada la primavera, cuando el sol empezaba a calentar ya las aguas de la playa de La Arena, mi madre recibió en su casa una llamada que nos cambió la vida. Una voz entrecortada y con acento de Europa del este decía que era Lena y quería salir de Ucrania para huir de la guerra. Mi madre, sin dudarlo un segundo, comprendió que esa era una llamada de socorro de una mujer desesperada y se ofreció a acogerla en su casa, como ya lo había hecho en el pasado.
A la semana siguiente, o incluso algo menos, Lena llegó al aeropuerto y allí estábamos toda la familia para recibirla. La niña de piel muy blanca y ojos azules se había convertido en una mujer endurecida por el paso del tiempo y el peso de la guerra, pero conservaba en su mirada el mismo brillo que tenía cuando era una niña. Para nuestro asombro, ella no venía sola: una niña pequeña, muy delgada y muy rubia, le acompañaba.
Una vez que nos instalamos en casa, ella nos fue contando que ya no vivía en la región de Chernóbil, como ya suponíamos, y que se había trasladado con su familia a la de Kiev, donde había más posibilidades para trabajar. En su momento, había estudiado en la universidad lengua española e incluso había trabajado un tiempo como traductora, aunque sin llegar a hacer de ello su profesión definitiva por falta de ofertas laborales.
— Yo me crié entre conejos y gallinas, alojados en un amplio cobertizo de madera y alambre, que mi padre construyó en la terraza de un piso de vecinos. A menudo entraba a jugar con los animales y alguno de ellos pagó caro mi atrevimiento. Cuando sin querer dañaba a alguno de los animales, mi madre se enfadaba mucho y me regañaba, pero también me enseñaba cómo tenía que cuidarlos e incluso cómo matarlos sin dolor ni sufrimiento, mediante un golpe certero en la nuca. Ella lo hacía así y yo la imitaba de muy buena gana hasta el punto de que hice de ese aprendizaje mi profesión.
Así nos enteramos de que, a pesar de ser licenciada, Lena había trabajado en los últimos años en un puesto del mercado de Kiev, donde además de despachar carne también vendía alimentos típicos de su región.
— No sé si sabéis que uno de los platos más populares de mi tierra es el “varenyky”, que podría compararse a una empanada rellena de patata, queso y cebolla. Mi abuela Oksana era toda una maestra en la preparación de “varenyky” y su receta era muy valorada por todos sus paisanos. Cada semana, mi abuela preparaba grandes cantidades de “varenyky” no sólo para su familia, sino también para vender en el mercado de Kiev. En casa también se preparaban platos de carne, como por ejemplo el famoso “shashlyk”, que es una brocheta de carne de cerdo o cordero que se asaba a la parrilla, pero el plato que mejor cocinaba mi abuela Oksana era quizás el “pampushky”, un tipo de pan esponjoso y dorado que se servía con ajo y hierbas frescas y se tomaba casi siempre recién horneado para acompañar la comida.
Al oír que su madre mencionaba varias veces el nombre de su abuela, la personita que había llegado con ella desde Ucrania se despertó como si hubiera oído que alguien la llamaba.
— Mi hija se llama Oksana en honor a la abuela, explicó Lena abrazando a la criatura que volvió a dormirse en sus brazos. — Creo que va siendo hora de que todos nos vayamos a dormir, dije en el tono más bajo posible para no despertar a la niña. Vosotras estaréis muy cansadas y yo mañana madrugo para ir a trabajar.
La primera noche que Lena y Oksana pasaron en casa no pude dormir. No hacía más que preguntarme cosas para las que no tenía respuesta y también no paraba de hacer planes para estas dos personas que habían entrado en mi vida de golpe y para quedarse, al menos por una larga temporada. Sabiendo ya que Lena tenía experiencia trabajando de cara al público y con animales, no fue difícil acordarme del mercado de abastos y de un amigo que trabajaba allí desde hacía años. No obstante, me parecía que todavía tenía que pasar un tiempo hasta que ella y su hija se adaptaran a vivir con nosotros.
Al día siguiente, madre e hija se levantaron muy tarde pero a pesar de ello nos dio tiempo para iniciar los trámites de escolarización de la pequeña y empezar a solucionar los primeros problemas de adaptación, que no eran pocos. La pequeña Oksana comenzó a ir a clase acompañada de su madre y en pocos días ya se había acostumbrado a su nueva vida y su nuevo colegio, pues los niños tienen una capacidad de adaptación muy superior a los mayores.
Lena no estaba triste, pero tampoco parecía contenta. Era como si se dejase llevar por la vida y las circunstancias y yo suponía que también estaba pensando en todos los seres queridos que había dejado en Ucrania, especialmente en el padre de su hija. A medida que los días pasaban, esa tristeza que al principio se entendía como algo normal y que incluso le hacía más atractiva, se tornó en una profunda melancolía.
Después de dejar a su hija en el colegio, volvía a casa cada vez más pronto y pasaba el tiempo sentada en su habitación, sin hablar con nadie ni participar en los trabajos domésticos. Mi madre, que también fue una vez la suya el tiempo que vivió de niña con nosotros, lo perdonaba todo y achacaba su estado a la difícil situación por la que habían pasado tras la invasión rusa de su tierra, pero yo empezaba a estar cansado de la situación y un día por fin hablé con ella.
— Mi niña, ¿me puedes decir qué te pasa? ¿Tienes algún problema con nosotros, con la habitación o la comida?
Lena se quedó desconcertada, pues no esperaba primero que yo entrara en su habitación y después, que fuera tan directo al interpelarla. Al principio titubeó e inició una conversación con palabras sueltas, casi ininteligibles, pero ante mi estupefacción, reaccionó por fin, hablando con tono lastimero, casi al borde del llanto.
— Estoy muy agradecida por lo que estáis haciendo por mi hija y por mí. Yo ya no tengo nada en Ucrania, ni una casa, ni familia, ni siquiera a mi marido.
Un silencio súbito y profundo se adueñó de la estancia, hasta el punto de que yo oía incluso los latidos de mi corazón. Era la primera vez que ella hablaba de su esposo y de todo lo que había pasado desde el inicio de la guerra. Una vez recuperada, empezó a narrar pormenorizadamente sobre todo lo que había pasado tras el inicio de la guerra y de cómo su marido fue uno de los primeros en alistarse por convicción, a pesar de estar casado y de tener una hija. Él, como muchos de sus compatriotas, no tenía experiencia ni en armas, ni en guerras, pero incluso así estuvo varios meses practicando con pistolas de madera hasta que acabó en el frente de Mariúpul, donde al final falleció.
— Una vez que supe que estaba viuda, mi obsesión fue en todo momento salir de Ucrania, fuera como fuera. No quería que mi hija tuviera que pasar por los bombardeos diarios, la escasez de comida, el frío y quizás caer herida o muerta, por una guerra sin sentido. Entiéndeme, sé que nuestra lucha contra el invasor es justa, pero no tengo tan claro que merezca sacrificar tantas vidas.
De nuevo el silencio se impuso entre nosotros dos. Yo comprendía perfectamente la postura de Lena, y también la de los que habían decidido resistir al ejército invasor en Ucrania. Las dos opciones eran igualmente válidas.
— ¿Y ahora qué quieres hacer? — Me gustaría quedarme aquí, empezar una nueva vida y encontrar un trabajo que me permita sacar adelante a Oksana y no ser una carga para vosotros.
Me la quedé mirando fijamente y recordé todo lo que había pensado en la primera noche que llegaron a Tenerife. A ella no le había comentado nada, pero yo tenía un plan que si resultaba bien sería la solución a todos sus problemas.
-No hace falta que te diga que mi madre y yo estamos encantados con que estéis en casa. Aquí podéis quedaros todo el tiempo que necesitéis, pero si de verdad quieres encontrar un trabajo, mi niña, ya sabes lo que se dice aquí: el que quiera lapas, que se moje el culo. ¡Venga, levántate y anda!
Después de encargar a mi madre que se hiciera cargo de Oksana, salimos de casa y nos dirigimos por la avenida Trinidad, en dirección al Real Santuario del Cristo de la Laguna, donde se guarda una de las imágenes religiosas más veneradas de toda Canarias, como bien sabía Lena por sus estancias en la isla cuando era una niña. Yo no soy muy de pedir milagros, pero según avanzábamos hacia el recinto sagrado pensaba que no estaría de más que el Señor nos echara una mano, o incluso dos si eran pequeñas. Sin embargo, al llegar a la plaza de El Cristo, en vez de avanzar hacia la ermita, nos giramos en dirección al mercado municipal.
— ¿No vamos al Santuario? –Preguntó extrañada– ¿Por qué vamos al mercado?
— Quiero que conozcas a un amigo, que igual puede ayudarte.
En el recinto municipal, los puestos ordenados y limpios transmitían una sensación de bienestar que invitaba al paseo y a la contemplación. Abundaban los dedicados a la venta de frutas y verduras, con muchas producciones locales como las papas negras para arrugar, las papas “chineguas”, las papas rojas, el ñame, el mango, la papaya, el aguacate y el plátano, que en algunos puestos colgaba casi del techo, de unas barras de metal que dejaban ver claramente la excelencia del producto.
— Ya sabes lo que se dice en las islas: unas papas y un buen mojo alegran el día –comenté guiñando un ojo a Lena, que embelesada con todo lo que estaba contemplando en el mercado se había quedado muda de repente–.
Si bien los puestos de verdura eran los más numerosos, como en todo mercado que se precie también había locales dedicados a las carnes y al pescado, tanto en fresco, como en salazón. En unos puestos predominaba el bacalao y en otros, pescados locales como el cherne o el tollo, que en otras tierras se llama cazón blanco. Había por allí varios obradores, que atraían al cliente por su olor y sus escaparates, llenos de pan y dulces como los merengues o las pachangas. También olían a gloria bendita los puestos de especias y los que ofertaban la rica miel de Tenerife.
— ¿Ves lo que tienen en esa charcutería? –Pregunté señalando a mi derecha–. ¿Lo reconoces? Es almogrote. Recuerdo cómo te gustaba de niña, cuando mi madre lo preparaba en casa con el queso añejo.
Avanzando por el pasillo llegaron por fin a un puesto de carne, que era el que estaban buscando. En los escaparates lucían piezas de grandes dimensiones, de vacuno, porcino y ovino, junto con otras más pequeñas de caprino, aves y conejos.
— Aquí te presento a Rayco, aunque los amigos le decimos Ray, que suena más americano. Ella es Lena, Lena para los amigos, la niña ucraniana que venía hace algunos años a mi casa desde Chernóbil y que ahora ha vuelto para quedarse.
Mi amigo Rayco llevaba el nombre de un guerrero guanche, de la zona de Anaga de la que procedían sus abuelos y era fuerte como las montañas de la tierra de sus ancestros y acogedor como sus gentes. Tenía una sonrisa que no le cabía en la cara y unas manos como palas de horno, que le permitían manejar a su antojo las carnes que vendía.
— ¿Y qué os trae por aquí? ¿Venís de paseo a la ermita del Cristo? — ¡Qué ermita, ni qué ermita! Hemos venido a verte. — ¡Chacho, no te amueles! Sólo preguntaba por cortesía y agradezco mucho la visita. — Mira, Ray, te cuento que Lena está buscando trabajo, porque además ha venido con una hija pequeña. Nosotros las vamos a alojar y comida no les va a faltar, pero ella quiere trabajar para poder contar con su propio dinero y hacer su vida.
Ray asentía abriendo a la vez sus ojos como platos, pues no sabía por dónde le iban a venir los tiros o a caer las tortas.
— … He pensado que como tú siempre te estás quejando de que no tienes tiempo para nada, y qué se yo…, pues que podrías emplear a Lena, que además tiene mucha experiencia en trabajar de cara al público sirviendo carne e incluso cocinándola. –Le comenté con mi mejor sonrisa buscando su aprobación–.
A pesar de ser tan grande y tan fuerte como las montañas de Anaga, a Ray casi le da un mareo al escuchar mi sorprendente propuesta. Cierto es que nunca me había hablado de que necesitara ayuda en su trabajo, pero yo le veía cada vez más mayor y más cansado.
— No hace falta que nos contestes ahora, chacho –le dije ante su silencio autoimpuesto–. Tú sólo piénsalo, haces una prueba y si no te convence la idea, lo dejamos y tan amigos. Ahora nosotros nos vamos a ir a la capilla del Cristo, para pedirle que te haga entrar en razón –le dije burlón guiñando un ojo, mientras ayudaba a Lena a girarse y a escapar del puesto de Ray–.
Como le había dicho a mi amigo, salimos del mercado y nos fuimos al Santuario y aunque al Cristo no le pedimos realmente nada, finalmente Ray se ablandó y accedió a contratar a Lena. Cuatro semanas después, ella había pasado su período de prueba y él se sentía tan a gusto con su nueva empleada que, por primera vez en muchos, muchos años se había permitido el lujo de no acudir un lunes al trabajo por encontrarse descansando en la playa de La Arena.
Lena y su niña estaban ya entonces completamente adaptadas a la vida en La Laguna y aunque la madre no podía desconectar totalmente de la situación que se vivía en su país de origen, hacía todo lo posible porque Oksana no lo notara. Su vida transcurría entre el mercado y mi casa, con la única excepción de alguna salida dominical a los parajes naturales de la isla. Para el resto del mundo, nosotros éramos una familia completa, con una abuela que estaba loca con su “nieta” llegada de un país del este, a la que quería como si fuera sangre de su sangre. Sin embargo, cuando volvíamos a casa después de esas excursiones, madre e hija se acostaban en la misma cama y yo dormía en mi habitación de siempre.
Una mañana de lunes, justo al día siguiente de haber vuelto de una de nuestras excursiones, me di cuenta de que ya llevábamos casi un año conviviendo y que Lena no acababa de estar bien, a pesar de tener un trabajo que la gustaba y un techo donde cobijarse junto a su hija. Mi madre y la niña aún no se habían levantado y nosotros trasteábamos en la cocina preparando el desayuno. Lena había cocinado ya sus empanadas “varenyky” y el pan “pampushky”, que servía ahora con tomate y ajo, adaptado a nuestro gusto. De repente nos chocamos y nos miramos a los ojos como nunca habíamos hecho. Ella sonrió y a mí se me pasó toda una vida juntos por delante.
— ¡Ven! – dije mientras la cogía de las manos y la llevaba hacia la mesa–. Vamos a sentarnos un momento que tengo que contarte una historia muy graciosa. Mi primo, que es muy “pro” causas justas, decidió una vez que quería apoyar a los palestinos, pero que, en vez de tirar piedras contra los edificios públicos o la policía, iba a tirar frangollos, que son más blanditos y hacen menos daño. Se fue a casa y cocinó decenas y decenas de frangollos en envases de plástico y se dirigió a la comisaria de la Laguna, pero cuando se vio en el coche rodeado de tanta comida pensó que era tremendamente injusto desperdiciarla, teniendo en cuenta además que muchos palestinos pasan hambre. Entonces abrió un frangollo y después otro y otro más, hasta que terminó con toda la producción que llevaba. Ahora es un gordo feliz, que no deja de pensar en sus amigos palestinos.
— No entiendo qué quieres decir con esta historia de tu primo. — Pues que tienes que seguir viviendo pese a tu dolor, que probablemente nunca se te vaya del todo. Hay que seguir comiendo, durmiendo, caminando y, por qué no, amando.
Lena se quedó pensativa durante unos minutos que se hicieron eternos y súbitamente metió su mano en la chaqueta que llevaba puesta y sacó un guante, diminuto como el de un niño, con los colores azul y amarillo de la bandera ucraniana. Al extender la mano y mostrármelo, me di cuenta al instante de que era la pieza que faltaba para encajar el puzle de mi vida.
— ¿Sabes lo que es esto, chacho? –Me preguntó Lena con su acento del este, que ya empezaba a tener ecos chicharreros–. — ¡Cómo no lo voy a saber! ¡Llevo esperando más de veinte años para juntar el par de manoplas!
Me acerqué a ella con la intención de abrazarla o incluso de besarla, pero ella me paró en seco con su mirada, dejándome totalmente desconcertado.
— ¿Y si no funciona? ¿Y si esto es un error y se acaba un día? –me preguntó con un hilo de voz que dejaba entrever su miedo a perder lo poco que ahora tenía–. — Mi niña chicharrera, el error no es que esto se acabe un día; el error es precisamente no empezarlo por si se acaba.
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