Texto: Ana Meca Mérida
Ilustración: Ana Fernández (@Lusaneartisan)

Llevaba toda su vida viviendo allí y aun así cada día volvía a enamorarse de la ciudad. Sus amigas habían pasado por Erasmus, por estancias más cortas o más largas en el extranjero, en las que sobrevivían a duras penas trabajando de cualquier cosa que les permitiera traducir su currículum a otro idioma. Diversidad cultural, que ahora son puntos extra en las entrevistas de trabajo.
Pero ella no. A Elaia le gustaba vivir en Bilbao. Siempre le había parecido una ciudad repleta de leyendas durmientes, de rincones mágicos, de misterios sin resolver. Y ese tiempo gris que formaba parte de la paleta de colores que vestía su ciudad no hacía más que potenciar el misterio velado y evocar en cada es quina un giro repentino y emocionante de los acontecimientos rutinarios de un día normal.
A veces se sonreía al ver que llevaba impreso a fuego en su personalidad el carácter novelesco de las historias que tanto le gustaba leer en cada rato libre. Treinta y dos años dan para muchas historias.
De tenerse que describir en ese momento, mientras paseaba como cada día rumbo al mercado, Elaia no habría dicho de sí misma nada reseñable. Una chica normal, con un trabajo normal y una vida normal con Markel, su pareja desde hacía casi cuatro años. Hacían planes normales con gente normal y hablaban de planes de un futuro normal para gente de su edad.
Tanta normalidad chocaba un poco con su verdadera percepción de sí misma, que no se consideraba una mujer del todo común. Ella siempre había sentido de más, soñado de más, percibía las cosas con una sensibilidad especial y aunque renegaba de ello por verse más resuelta en el papel de “mujer segura, realista e independiente”, miles de veces se encontraba a sí misma anhelando un amor infinito y real como el de sus historias. Quería creer que, aunque nunca lo hubiese hecho, tendría el arranque de poner su vida patas arriba y apostar por algo en lo que creyese de verdad, algo que le hiciera sentir más viva, por lo que mereciera la pena empezar de cero.
Como solía pasarle cuando se perdía en su propia cabeza, llegó sin darse cuenta a una de las puertas principales del imponente Mercado de la Ribera. Era parada obligada en su paseo de cada día. Se extasiaba frente a los puestos multicolores con frutas de todo tipo, se bañaba en los olores de las floristerías, salivaba cuando pasaba frente a los puestos de encurtidos y salazones y antes de volver, paseaba su mirada uno por uno por todos los cajones de especias venidas de todas partes. Con sus colores y sus olores podía transportarse a sus países de origen, donde se recogían esas hierbas que se utilizarían para dar el toque definitivo a un bocado, al otro lado del mundo.
Tan embelesada como estaba en memorizar esos olores para repetirlos en su cabeza el resto del día, le faltó solo un palmo para chocarse de frente con un hombre que iba directo a pagar a la dependienta una bolsita de cúrcuma y un tarrito de otra especia que Elaia no llegó a distinguir. Se disculpó riendo ante la visión del casi inminente choque y cuando alzó los ojos, se encontró con una mirada que le sonreía encantada por la frescura que desprendía la joven. Ella se quedó mirándole unos segundos más de lo protocolariamente cortés, intentando descifrar dónde había visto antes esos ojos. Cuando él preguntó todavía sonriendo si estaba bien, ella tan resuelta, apenas balbuceó un “no te había visto” que no llegó a salir del cuello de su jersey y enfiló la puerta del mercado para volver a casa.
Mientras caminaba al lado del río, no dejaba de darle vueltas a la cabeza intentando ubicar quién podía ser ese desconocido. Sabía que le había visto antes, al mirarse se habían reconocido, pero ninguno había dicho nada al respecto (tampoco habría sabido muy bien qué decir).
Cruzó el puente de San Antón y dejó que el viento frío que corría esa mañana se llevara a otra parte el fortuito encuentro con el chico de las especias.
Lo que más le gustaba hacer a Elaia en primavera era tumbarse en el parque Etxebarria a perderse entre las hojas de sus amados libros. Si en Bilbao prevalece el verde durante todo el año, en primavera es realmente digno de ver. Los colores de los árboles parecen llegar a su punto máximo de saturación y resaltan tanto que a veces parecen pintados.
Desde que había puesto fin a su relación con Markel, había decidido emplear más tiempo en sí misma, en conocerse, en regalarse momentos que le hicieran saborear el día a día, en invertir el tiempo libre en cosas que despertaran su curiosidad y le ayudaran a descansar con el corazón satisfecho y una sonrisa en la cara. Ese había sido uno de los motivos por los que su relación se había estancado. Markel y ella estaban sumidos en una corriente de horarios, estándares sociales, cómodas rutinas y no había nada más. Se querían, sí, estaban bien, pero para ella no había sido suficiente.
Llegó a ese punto de insatisfacción inspiradora que le empujó a cortar con todo. Ella quería pasión, quería un lógico sinsentido, aspiraba a compartir mil futuros imaginados, mil proyectos. Quería pensar en conversaciones controvertidas y debates intensos que acabaran preferiblemente sin ropa ni prejuicios. Con él no tenía nada de eso así que, obviando el dolor y el vértigo del cambio, había seguido su camino sola.
Combinaba sus lecturas en el parque con sus paseos hasta el Mercado. Bilbao es más bonito cuando lo caminas.
Aunque con el “buen tiempo” aprovechaba de vez en cuando para visitar el Mercado de las flores que ponían en El Arenal, Elaia seguía prefiriendo pasear por delante de los puestos del Mercado de la Ribera. Iba viendo cómo cambiaban las frutas según la época del año y ahora, incluso, se permitía comprarse alguna flor una vez a la semana para colocarlas en el estudio debajo de la ventana. Se había hecho amiga de Mayte, la dueña del puestecito, y a golpe de visitas se había convertido en “una habitual” del mercado y ahora más de un vendedor le saludaba por su nombre al verla.
Había más de un hábito que Elaia había querido mantener en su tournée y por ello las especias era siempre el último puesto por el que pasaba antes de volver a casa. Para entonces también había hecho migas con Aitor, a quien le encantaba que la chica preguntase curiosidades de las hierbas y polvos de colores, para poder explayarse contando singularidades de cada muestra (aunque la mitad resultaran ser extravagantes licencias suyas que poco tenían que ver con la realidad).
Ese jueves estaba escuchando otra historia de Aitor sobre el origen de ese jengibre blanco, cuando una voz conocida le habló a su espalda: “cuidado, no sea que esta vez choquemos de verdad”. La frase le adivinó la persona antes de girar sobre sí misma para encontrarse una vez más con esos ojos. Allí estaba el chico de las especias, con el que había tropezado meses atrás delante de ese mismo puesto; con esa mirada sonriente pero inquisidora que parecía leer lo que estaba pensando.
Elaia sonrió abiertamente colocándose un mechón de pelo por detrás de la oreja.
—Tranquilo, prometo tener más cuidado esta vez.- ¿De qué conocía a ese chico y por qué la miraba tan fijamente? Ella no se ponía nerviosa fácilmente, pero esos ojos… parecían leer cada rincón de su cabeza. —Perdona que te pregunte, pero ¿tú y yo no nos conocemos de algo?- le preguntó el chico sin borrar la sonrisa.
Elaia, que miraba de reojo hacia las especias sin verlas, se volvió dando un respingo hacia él, esta vez convencida de que el extraño podía leerle la mente. Le miró fijamente a los ojos y sonrió sin saber qué estaba pasando exactamente en ese momento.
—No estoy segura.- Contestó Elaia, esta vez sin apartar la mirada del desconocido.
Aitor miraba la escena embelesado, como quien queda atrapado frente a una pantalla de cine. Ellos no lo estaban viendo, pero él podía casi tocarlo. La complicidad de esos dos desconocidos, la manera de mirarse, de sonreírse, ese halo que los envolvía, confirmaba que entre esas dos personas existía algo que ni siquiera ellos serían capaces de comprender. Era como estar viendo algo por primera vez.
—Vaya, habría jurado… —Sí, yo también- le interrumpió Elaia antes de darse cuenta y recriminarse por ello. “Pero, en cualquier caso, soy Elaia. Encantada de no haber chocado contigo esta vez.”
Él río con una risa elegante y profunda, como de presentador de radio, aunque ahora que lo pensaba, no sabía cómo sonaba la risa de un presentador de radio.
—Encantado, Elaia, mi nombre es Alejandro. No podía permitirme volver a encontrarme contigo en este puesto sin conocerte o al menos saber tu nombre. —En ese caso, Alejandro, lo de mi nombre está resuelto y lo de conocernos podemos debatirlo tomando una copa de vino y un par de pinchos. Él la miró contrariado por la repentina propuesta y se sintió atraído por el punto impulsivo de la chica. —Claro, si me das dos minutos para que compre un par de cosas aquí, nos vamos. Tú eliges el sitio.
Pasaron el resto del día haciendo ruta por los mejores bares de pinchos que conocía Elaia. Comieron, bebieron, hablaron y rieron. Elaia no entendía nada, pero por primera vez en su vida tampoco se molestó en buscar respuestas. Hablaba con Alejandro como si se conociesen de siempre, ¿de otra vida? Cada conversación la alargaban al menos tres copas de vino mientras debatían y se retaban compartiendo anécdotas, vivencias e ideas. Ella le contó su pasión por los libros y su proyecto de escribir uno pronto.
Le confesó que Bilbao era su ciudad favorita, aunque a veces le tentaba la idea de lanzarse a hacer un cambio siempre y cuando se diera una condición, sólo renunciaría a su ciudad por vivir al lado del mar. Él le habló de su idea de abrir un restaurante en el norte y de cómo pasaba horas en la cocina combinando las especias que compraba en el mercado una vez al mes, para lograr platos fascinantes. Le gustaba dejarse llevar por los olores y hacer mezclas imposibles mientras cocinaba descalzo escuchando música de Ludovico Inaudi, que era parte esencial de su inspiración culinaria.
Hablaron durante horas y cada vez que él fijaba sus ojos en ella Elaia, derrotada, tenía que terminar apartando la mirada. Esos ojos le quemaban. Le leían por dentro demasiado bien y le decían sin hablar, que él pensaba lo mismo, que también llevaba todo el día preguntándose a qué sabrían sus labios. Se acababan las frases con la mirada y ninguno era capaz de entenderlo. Les daba igual. El mundo podría estar al borde del colapso y también les habría dado igual.
Ninguno se atrevía a mirar el reloj para no desbaratar el momento, pero la noche les pilló desprevenidos, a un bocado del último pincho de txangurro gratinado y de comerse con algo más que la mirada.
Cuando salieron del último bar anduvieron varios minutos en silencio. Ni siquiera el silencio les resultaba incómodo. Volvieron la cabeza al mismo tiempo y se miraron sin decir nada. No hacía falta. Se despidieron al lado del río, prometiendo verse el mismo día del próximo mes a la misma hora en el puesto de especias.
Elaia llegó a casa más resuelta que nunca y se puso a escribir. Ese día le había regalado el título perfecto para su novela: “El chico de las especias”.
No entendía cómo había tardado tanto tiempo en poder vivir sin aquel sonido. Pasear por la orilla del mar le llenaba de serenidad y le aclaraba las ideas.
Hacía un mes que había llegado a Santander para la firma de su libro y no había podido irse de allí. Llevaba poco tiempo en la ciudad, pero no necesitaba más para saber que estaba donde debía estar. Además, Bilbao no estaba demasiado lejos y podía escaparse una vez al mes a ver a sus padres, a sus amigas y a caminar hasta el Mercado. Ese Mercado. Allí había conocido al chico que había inspirado el título de su primera novela. Aunque quedaron en volver a verse un mes después de aquella primera cita improvisada, empezaron a surgir cosas y no pudieron coincidir. Habían hablado alguna vez desde entonces, pero Elaia había estado demasiado ocupada con la publicación del libro y la última vez que habló con él, supo que Alejandro estaba mirando locales para poner en marcha su restaurante. Sabía que existía una conexión especial entre ellos y estaba segura de que él también lo sabía. Ella, impaciente e impetuosa de nacimiento, tenía la certeza de que ambos volverían a verse, de que tendrían su momento, porque hay cosas que están destinadas a ser y siempre acaban siendo. Igual ahora que se había establecido allí y las presentaciones del libro habían acabado, podría llamarle y verle de nuevo.
De vuelta hacia su nueva casa, mientras hablaba con su editora, frenó en seco en la puerta de un restaurante que estaba apenas a tres calles de su portal. El lugar desprendía un aroma a azafrán, laurel y varios matices más que escaparon a Elaia, que para entonces apenas podía oír a su editora por encima del ruido de su estómago. Parecía un lugar íntimo, algo exótico y con mucho encanto. Apuntó el nombre del sitio, tendría que probarlo. AIALE, rezaba el cartel de la entrada.
Siguió camino a casa hablando por teléfono sin fijarse bien en el letrero y dejando atrás el pequeño restaurante que guardaría por un tiempo la promesa de una historia que cambiaría su destino y por la que, sin duda, merecería la pena empezar de cero.
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