Este artículo aborda el análisis de los cambios relacionados con la evolución de las sociedades con el objetivo de comprender con más exactitud las transformaciones de las conductas alimentarias y poder ayudar a los actores a tomar conciencia de dichos cambios y poder recomendar adaptaciones en lo que concierne a sus estrategias.
En concreto, la toma en consideración de los aspectos de la alimentación en el ámbito del sector pesquero resulta esencial para poder redefinir las estrategias a seguir. De una parte, las cadenas de valor del sector pesquero son la garantía de poder ofertar una amplia gama de productos tanto para el consumo directo de la población como inputs a la industria transformadora. De otra parte, los desafíos que surgen están en constante mutación.
Fernando González Laxe
Catedrático emérito de Economía Aplicada. Facultad de Economía y Empresa. Universidade da Coruña
Resumen: Este artículo aborda el análisis de los cambios relacionados con la evolución de las sociedades con el objetivo de comprender con más exactitud las transformaciones de las conductas alimentarias y poder ayudar a los actores a tomar conciencia de dichos cambios y poder recomendar adaptaciones en lo que concierne a sus estrategias. En concreto, la toma en consideración de los aspectos de la alimentación en el ámbito del sector pesquero resulta esencial para poder redefinir las estrategias a seguir. De una parte, las cadenas de valor del sector pesquero son la garantía de poder ofertar una amplia gama de productos tanto para el consumo directo de la población como inputs a la industria transformadora. De otra parte, los desafíos que surgen están en constante mutación.
Palabras clave: Sector pesquero, estrategias, alimentación, consumo, nutrición, salud
Los análisis prospectivos se caracterizan por el análisis de realidades pasadas y presentes para tratar de pronosticar y predecir futuros posibles; y preparar, con ello, aquellas decisiones que puedan favorecer los futuros deseables. En suma, la prospectiva presenta un elevado interés para las actividades de la acción pública, contribuyendo a discernir desde hoy los problemas de futuro, las limitaciones, restricciones y obstáculos, así como las distintas oportunidades que se abren y dibujan.
El actual contexto está marcado por una amplia diversidad de problemas que exigen una pronta y eficiente gestión y administración de los mismos; una intensa atención ante la diversa multiplicación de actores; y un análisis cada vez más complejo en lo que hace referencia a la producción y la difusión de informaciones y, consecuentemente, en lo que atañe a las tomas de posición. Este análisis se ve cada vez más delimitado por las nuevas demandas sociales, las campañas mediáticas y las dinámicas de aceleración de los procesos decisionales, tendentes a conceder una primacía a las situaciones de urgencia e inmediatez.
Las actuales y constantes transformaciones de la sociedad no son, a menudo, perceptibles en el instante. Basta analizar los diversos análisis y comportamientos de los ciudadanos para comprender las diferentes actitudes más o menos disímiles, que varían en función de los grupos sociales, de los territorios y de las características de los individuos, (niveles de educación, edad, modos de vida, orígenes familiares, valores, etc.). Dichas transformaciones revelan factores y motores muy variados, poseyendo repercusiones desiguales en lo que atañe al conjunto de los sistemas sociales.
Nuestro trabajo aborda el análisis de los cambios relacionados con la evolución de las sociedades con el objetivo de comprender con más exactitud las transformaciones de las conductas alimentarias y poder ayudar a los actores a tomar conciencia de dichos cambios y poder recomendar adaptaciones en lo que concierne a sus estrategias.
La cuestión alimentaria no es ni una cuestión nueva, ni reciente. Fue objeto de estudio a lo largo de la evolución de la humanidad. Además, constituye el eje de muchos debates públicos y movilizaciones sociales. Está en constante renovación y se estructura en diversas dimensiones según qué abordemos la dimensión de la competencia, de las profesiones y de las normativas. Por eso, se afirma que la alimentación es una cuestión cotidiana, eminentemente individual, y que forma parte de las necesidades vitales de los individuos de cara a poder alimentarse varias veces al día.
Pero, además de ser una cuestión eminentemente individual, es una cuestión colectiva, participada en el seno de la familia, de los grupos sociales y de la sociedad en general, como lo pone de manifiesto numerosas normas culinarias, formas de alimentación, diversidad de filières de producción y de circuitos de distribución.
En consecuencia, la alimentación forma parte de esas grandes preocupaciones sociales que no cesan de transformarse en función de las evoluciones históricas y de los nuevos desafíos. De ahí, que el término alimentación esté unido a multitud de escalas y facetas: nutricionales, sanitarias, económicas, políticas, en materia de degustación, patrimonial, medio-ambiental, territorial, técnicas, turísticas, etc. (Regmi, 2001).
En este sentido, siguiendo a Parsons, Hawkes y Welss (2019) entendemos por sistema alimentario al conjunto formado por: a) la cadena de actividades que va desde la provisión de inputs al productor hasta el consumidor; b) los factores que influyen en la cadena de actividades y que son influenciados por ellas; c) las entidades, instituciones y personas directa e indirectamente relacionadas; y d) las conexiones entre todos estos elementos.
Las conductas alimentarias no son independientes de otras dimensiones de la vida de los individuos. Forman parte de su nutrición; se insertan entre sus preocupaciones y actividades; y generan valores que cobran hábitos a través de las prácticas alimentarias. Son, asimismo, una fuente de distinción individual, de reivindicaciones y de movilizaciones. En suma, las conductas alimentarias forman parte e influyen en los modos de vida y en las maneras de vivir; revelando la evolución de las sociedades, los cambios en la manera de “hacer sociedad” (Lacombe, et al.,2016); y siendo condicionadas por las proporciones que a ellas le dedicamos de nuestros presupuestos económicos.
Los estudios de prospectiva alimentaria al igual que los trabajos de investigación y rapports técnicos sobre la materia muestran que los cambios de vida son los elementos determinantes de la evolución de las conductas alimentarias. A modo de ejemplo, Blezat (2017) identifica dieciséis tendencias alimentarias y Parajuá & Tello (2024) hacen una propuesta de seis dimensiones. En nuestra aportación identificaremos un número más reducido de variables, a fin de concretar y concentrar en el comportamiento de los individuos (que consideraremos la unidad de base social) los reflejos de los cambios y las transformaciones relacionadas en torno a los modelos-tipo en el campo específico de los productos pesqueros.



Las principales tendencias y, sobre todo, las actitudes que han caracterizado a las personas en relación a los sistemas alimentarios, se concretan en los siguientes epígrafes.
El individualismo y el hábitat. Cada persona no ha cesado de tratar de reforzarse y de liberarse; esto es, ha luchado por conquistar y desarrollar nuevos derechos tanto cívicos como de libertad de pensamiento y afirmación del concepto de una ciudadanía propia. Dichos movimientos en favor de la individualización se traducen tanto en las formas de vivir, habitar como de hacer familia (Hérault et al. 2019). En consecuencia, incide en los valores y visiones del mundo, con lo que adquiere una vinculación en lo que atañe a las dinámicas de individualización en el consumo.
Significa, asimismo, una afirmación creciente del valor de libertad, autonomía, singularidad y particularidad. Cada individuo valoriza sus decisiones y su estatus; y las creencias se convierten en conductas personalizadas en las que cada uno busca una referencia personal. En este sentido, cobran fuerza los análisis en los que se analizan las estructuras familiares como elementos reveladores de las distintas formas de vivir, habitar y consumir.
En Galicia, por ejemplo, se constatan varios rasgos propios: la proporción de personas mayores de 65 años es elevada; la esperanza de vida de las mujeres es mayor que la de los hombres; la edad de maternidad de las mujeres se retrasa cada vez más y las tasas de fecundidad se reducen a porcentajes que no garantizan la reposición de la sociedad. Asimismo, las estructuras de los hogares se reducen a una composición de dos personas, aumentando aquellos hogares monoparentales.
Estos rasgos traducen una nueva composición de la familia/hogar; a la vez que los niveles de individualización progresan sin cesar, aunque son diferentes según países. En la actualidad, tanto los productos como los servicios van camino de ser personalizados para poder responder a las demandas y gustos de cada uno. Esto es, en una gran parte de los artículos de consumo (ya sean vehículos, vestidos, muebles, equipos electrónicos u ocio) se aprecia un cambio de escala en lo referente al consumo.
Los nuevos consumidores están plenamente informados y actúan con mayor responsabilidad. Están influenciados tanto por la oferta como por la demanda. Sus consumos se insertan en la nueva dimensión de una ciudadanía renovada; al punto que los agentes económicos utilizan el marketing viral y a los youtubers para maximizar sus ventas, insistiendo en la captación de nuevos follovers. Es decir, presenciamos formas alternativas de consumo; cada vez más innovadoras y re-ajustadas permanentemente (en el sentido de la inmediatez); y donde el acto de consumo nos remite a nuevos objetivos colectivos, como los de integrar diversos aspectos, tales como los de salud, medioambiental, de justicia social y de economía de proximidad, por ejemplo; extendiendo, por tanto, el concepto de responsabilidad del consumidor.
La segmentación social y la formación de redes. La integración social no se ha completado íntegramente, pues toda colectividad se segmenta en función de criterios básicos, en ejes de diferenciación y en niveles de desigualdad, ya sea por edad, sexo, lugar de vida, profesión, poder de compra, nivel de educación, aspiraciones, creencias, etc. Cada sistema social se subdivide en sub-sistemas más o menos largos, autónomos y perennes. Se crean, pues, microcosmos, redes sociales, ámbitos de sociabilidad, comunidades diversas, etc.
Este asociacionismo está en constante reconfiguración. La modernidad ha multiplicado los grupos de pertenencia, con lo que los círculos se han ido ampliando, creciendo y multiplicándose al mismo ritmo que la propia diversificación de los múltiples intereses que ha motivado su creación. En la actualidad, asistimos a una sucesión de experiencias que van abriendo la vía a nuevas maneras de hacer una sociedad. Coexisten nuevos microcosmos que no son solamente agregados de individuos; sino que poseen potentes mecanismos de integración y de adaptación que comparten sistemas de valores y de normas; aceptando dispositivos de influencia, de imitación y de presión.
La sociedad admite fenómenos de segmentación y de comunitarización. Se constatan ciertas afiliaciones y desafiliaciones a instituciones (civiles, religiosas, profesionales); y los vínculos sociales son más selectivos, temporales, reversibles favoreciendo las identidades múltiples; pero agrupándose en el seno de comunidades particulares en las que se asumen las mismas aportaciones y opiniones. Esto es, las personas construyen microcosmos de afinidad, de redes preferenciales y se cultiva la multi-pertenencia (Cusset, 2006). Tales actitudes son las que otorgan una importancia creciente a los fenómenos de segmentación social y de pertenencia a redes en las que asientan las pautas de las personas en su cotidianidad.
El factor tiempo y la aceleración de los ritmos sociales. Las sociedades tradicionales han estado muy condicionadas por las limitaciones y constreñimientos geográficos, delimitados por la distancia, la carencia de conectividad y lentitud de los sistemas de transportes, los obstáculos físicos definidos por la naturaleza, etc. Ello se ha visto reflejado en una movilidad reducida y poco interconectada; y en un confinamiento de lugares/espacios en los que las dificultades de superarlos no eran precisamente fáciles.
Cobra pues interés no solo la relación con el espacio, sino la relación con el tiempo. El interés por el valor tiempo se acrecienta y, en ocasiones, su valorización se convierte en obsesión. Así, se matiza la necesidad de ocupar el tiempo libre, la crítica a la vacuidad o la condena a la pérdida del tiempo. A escala individual, el tiempo se puede descomponer en función de las actividades cotidianas. De ahí que utilicemos el concepto de ritmo de vida, como el número de acciones o de momentos vividos por unidad de tiempo humano. Ritmo de vida que depende de motivaciones, sentimientos y representaciones que se estructuran en forma de actitud en un momento dado, Unos usos que son observables a diferentes escalas y, en consecuencia, revelan las evoluciones estructurales de los ciudadanos.
En la actualidad, debido a la aceleración de los ritmos de vida se constatan dinámicas tendentes a movimientos de aceleración, producto del desarrollo en lo tocante a la urbanización difusa, a la industrialización, a la división del trabajo, a la libertad de los individuos. H. Rosa (2010) llega a afirmar que “las experiencias fundamentales y constitutivas de la modernidad son debido a una gigantesca aceleración del mundo y de la vida, de los flujos y las experiencias individuales”.
La aceleración se manifiesta en varios campos: movilidad, descubrimientos científicos, producción económica, intercambios de información, modos de vida, decisiones políticas, etc. Todo ello nutre la necesidad de ganancia de tiempo y la necesidad de obtener ganancias similares en todo momento. De esta manera, las innovaciones técnicas (transporte, co-producción, comunicación) arrastran cambios que aceleran los ritmos de vida; exigiendo, nuevamente, nuevos progresos técnicos. Y claro está, afecta a los modos de vida, ya sea en lo que hace referencia a las decisiones de compra como a las motivaciones alimentarias. La cuestión radica, pues, en como sabe inscribir el tiempo en las actividades cotidianas, ya sea tiempo profesional, tiempo fisiológico, tiempo doméstico y tiempo libre.
El mundo del trabajo y la feminización de la sociedad. La incorporación de la mujer al mundo de trabajo se ha acentuado en las últimas décadas. Algunos autores (Zaidman, 2007; Mossuz-Lavau y Sénac, 2015, por ejemplo) insisten en afirmar que estamos en un proceso de feminización de las sociedades contemporáneas manifestado por la creciente evolución del porcentaje de mujeres en el campo profesional y en el mundo de trabajo; asumiendo más responsabilidades y sustituyendo a los hombres en puestos de trabajo y dirección, hasta el momento inaccesibles.
Como afirma Zaidman (2007) la feminización es un proceso estructural profundo íntimamente combinado con la des-masculinización de la sociedad. De esta forma, es fácil deducir que se cuenta con un aumento absoluto y relativo de las actividades masculinas en las tareas del hogar que lleva consigo poseer una responsabilidad más compartida o un reequilibrio de funciones y contribuciones de los miembros de la pareja.
Dichos cambios se aprecian en los comportamientos que hacen referencia, tanto a las cuestiones relacioenmarcadas en corregir lo que se denomina “la inestabilidad de la naturaleza”.

En la actualidad se distingue lo natural y lo artificial. Las sociedades elaboran un sistema de valores y de comportamientos bajo componentes de lo natural. El atributo natural está relacionado con la naturaleza y en el caso de la alimentación la noción de natural está presente en muchos productos. Se busca, pues, un carácter intacto y libre de un medio, a través de emociones y sensaciones. De ahí las referencias a la demanda de una mayor “naturaleza salvaje”, cuando hacemos uso de conceptos como patrimonialización, santuarización de espacios naturales, creación de reservas de animales, parques naturales, normas de protección, políticas de preservación, etc.
Estas dinámicas son, en consecuencia, fuentes de comportamientos inclinados a pensar que la naturaleza es bienhechora, acogedora y salvadora. No es de extrañar, en consecuencia, una referencia continuada y progresiva en identificar ciertas pautas alimentarias a un estrecho vínculo con la naturaleza y proximidad. Con ello, se refuerzan los valores tanto de responsabilidad como de compromiso.
El consumo ha ido evolucionando en función de los diferentes cambios y transformaciones económicas y tecnológicas. Fuimos transitando de una sociedad de consumo a un consumo de masas para alcanzar, en la actualidad, un consumo mediatizado por la multitud de datos, ofertas y niveles de conocimiento. Las revoluciones industriales han ido alentando y estimulando los distintos tránsitos de la sociedad. De ahí que sea fácil deducir que los niveles de consumo hayan pasado recientemente desde una venta directa a una venta en línea, aprovechando el desarrollo e implantación de internet, técnicas de comunicación y bigdata. Ante estas evoluciones tecnológicas las generaciones de consumidores han adaptándose, poseyendo cada etapa un diferente comportamiento en lo que respecta a las actitudes y preferencias de compra. De esta manera, podemos diferenciar las siguientes generaciones.
La conclusión de estas dinámicas es la constatación de un incremento de la digitalización y que las cifras de compra en línea experimentan una fuerte progresión dados los avances tecnológicos puestos en funcionamiento, por un lado; y por la mayor preparación de la mayoría de los segmentos de la población en aceptar y a manejar tales conocimientos y prácticas, por el otro.
Las modificaciones jurídicas derivadas de la III Conferencia de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (1982) tuvieron consecuencias muy reseñables: a) la definición de las áreas de pesca con acceso controlado, donde se establecen las primeras limitaciones en el ejercicio de la pesca; b) se definen y se aplican restricciones de acceso a determinadas embarcaciones y se imponen determinadas condiciones de pesca; c) se fomenta la necesidad de negociar las distintas posibilidades de pesca por parte de los países y flotas tanto en los caladeros tradicionales como en las nadas con la salud, la edad, los valores ecológicos y el desarrollo sostenido; como con los valores relacionales (empatía, pacifismo, respeto, colaboración y respeto a la naturaleza) (Zuinen,2002). Afecta, también, a los niveles de consumo; pudiendo establecer vinculaciones con las diferentes gamas de productos y segmentos de mercado dirigidos a estratos concretos y con mayores exigencias en términos de transparencia, trazabilidad y calidad.
Mayor sensibilidad ante los aspectos relacionados con la salud y el bienestar. No cabe duda que la salud ha constituido siempre una de las grandes preocupaciones de las sociedades. Las intervenciones públicas se han ido centrando cada vez más en nuevas actuaciones tendentes a estar incluida dentro de los campos obligatorios de un estado del bienestar. A través del desarrollo de la higiene, medicina y alimentación se ha ido configurando una sociedad que cuida y protege su vida.
En la actualidad, las aspiraciones sanitarias se amplían, pasando a reclamar una mejora de la calidad de vida y un mayor confort del cuerpo y del espíritu. Se busca una salud perfecta que se extienda a todos los grupos sociales y que abarque a todos los aspectos de la vida cotidiana. A partir de las evoluciones de los estados sanitarios emergen tendencias a la medicalización de la sociedad como respuesta a las incorporaciones de nuevos valores, normas, aspiraciones y comportamientos.
La noción de salud se va incorporando a una concepción más amplia e inscrita en el concepto de bienestar revelando de esta guisa dos actitudes: la personal y la colectiva. El resultado final subraya que respecto a la alimentación se asiste a una mayor sensibilidad con los aspectos vinculados a la salud y al bienestar. Con ello se quiere afirmar que la sociedad desea abandonar todo lo posible y no ser considerada una sociedad de riesgo (Beck, 1986) ni sensible a acontecimientos externos y exógenos que pongan en peligro nuestra vida. Los progresos sanitarios contribuyen a elevar los deseos de vivir mejor y más tiempo, sin enfermedades asociadas. Por eso, la noción de “capital-salud” forma parte de los objetivos finales.
El concepto de medicalización se ha impuesto desde los años ochenta del pasado siglo (Pierret, 2008). Se define como la dinámica de considerar y tratar un fenómeno, un estado o una situación bajo una perspectiva de los conocimientos de los profesionales de la salud (Berlivet, 2011). Dichos saberes médicos se transforman en valores normativos y no cesan de ampliar su campo de influencia. La lista de fenómenos y situaciones consideradas como potenciales asuntos a ser tratados en el terreno de la salud son cada vez mayores. Por eso, las instituciones públicas tanto de protección de la salud como aquellas otras que certifican la alimentación sana aumentan sus principios de prevención, incrementan los valores de “salud” y se convierten en “nomas centrales de referencia”. Por eso, las sociedades se preocupan de mejorar dichas condiciones de bienestar y, en consecuencia, afecta a los comportamientos de los consumidores.
Una mayor responsabilidad y compromiso con la naturaleza. Desde hace medio siglo los programas relacionados con la ecología y la protección de la naturaleza son más abundantes y más comprometidos. Las referencias a los Rapports Meadows (1972) o al Rapport Brundtland (1987) han servido de acicate para concienciar a la sociedad mundial de los peligros tanto del calentamiento climático, la pérdida de biodiversidad, el agotamiento de ciertos recursos energéticos o la sobre explotación de determinadas especies. Muchas instituciones, asociaciones, clubes, empresas, centros de investigación y ONGs llaman la atención sobre una amplia pléyade de repercusiones, contribuyendo a aportar soluciones y a diseñar acciones. Sin duda alguna, la mayor parte de las actuaciones están nuevas áreas de capturas; y d) finalmente, dichas modificaciones alteran los flujos comerciales de los productos de la pesca.
Las consecuencias de dichos cambios y alteraciones derivadas de los nuevos marcos jurídicos explicitan las nuevas y distintas trayectorias seguidas por las flotas y agentes económicos. Destacan tres fases históricas en el comercio pesquero mundial: la etapa expansionista; la fase dominada por la diversificación y especialización; y el periodo globalizador.
La etapa expansionista (antes de 1982) sobresale por la constante incorporación de nuevas unidades de pesca, de mayor tamaño, en el ejercicio extractivo. Se considera a la pesca una actividad de futuro, de grandes oportunidades, generadora de rentas y estimuladora de intensos asentamientos de población y de rentas. Este anclaje territorial marcará una etapa decisiva: pues consolida a las comunidades de propietarios y las propias economías locales basarán en las mencionadas actividades extractivas el soporte de su posicionamiento.
Los objetivos principales de esta etapa se corresponden con el abastecimiento de manera indistinta a los mercados locales/regionales/nacionales. Se basan en la existencia de una demanda creciente derivada de los aumentos demográficos y de los incrementos de rentas. Las continuas recomendaciones para aumentar la variedad alimentaria son escuchadas por vendedores/asentadores/distribuidores y, con ello, se amplía la demanda de especies tradicionales. Los incrementos continuos de capturas dan lugar tanto a la emergencia y consolidación de los buques congeladores, como al expansionismo de las pesquerías de larga distancia.
Las estrategias de los países desarrollados, poseedores de buques de elevado tamaño se plasma en operaciones de desplazamiento de los excedentes de flota y en la creación de joint-ventures u operaciones instrumentales de cara a mantener las actividades de las flotas.
Las estrategias de los países desarrollados, poseedores de buques de elevado tamaño se plasma en operaciones de desplazamiento de los excedentes de flota y en la creación de joint-ventures u operaciones instrumentales de cara a mantener las actividades de las flotas.
La mayor concienciación sobre la necesidad de implementar legislaciones en orden a reglamentar y ordenar la gestión pesquera tuvo consecuencias en el ámbito comercial. Por un lado, la atribución y asignación de licencias para pescar o un mejor control del tráfico pesquero tuvo una repercusión en las capacidades de ofertas. Y, por otro lado, las “competencias derivadas de los derechos de propiedad” incidieron en la calidad de los títulos habilitantes y en las licencias de venta. Ello llegó a implicar una sustitución de los mercados tradicionales por los internacionales.
Finalmente, esta etapa se caracteriza por una transformación organizativa de las empresas, que se manifiesta tanto en los cambios en los comportamientos industriales y el afianzamiento de grupos empresariales integrados; como en un mayor incremento de los procesos de transformación y valorización de los productos pesqueros. En suma, se asiste a problemáticas pesqueras muy multidisciplinares y de ámbito internacional; en donde las dinámicas comerciales se caracterizan por una concentración geográfica en lo tocante a los países productores y especies comercializadas y una emergencia de la oferta procedente de los productos de la acuicultura.
La tercera fase es la correspondiente a la globalización pesquera (siglo XXI). Sus rasgos se basan en la amplia especialización y diversificación pesquera llevada a cabo en años precedentes y por los cambios en lo referido a la re-orientación de las estrategias. En la medida que se han consolidado los cambios jurídicos en el orden oceánico y en los ámbitos del comercio internacional, la actividad pesquera se integra, totalmente, en los circuitos internacionales. Asimismo, se aprovecha del intenso desarrollo tecnológico a la vez que se insiste en el respeto al medio ambiente y las dinámicas de la eco-labelización.
La creciente apertura económica hace que el comercio de los productos pesqueros aumente y las transacciones se amplíen a más países, especies pesqueras y segmentos de mercado. Los cambios tecnológicos están ayudando de manera muy profunda, sobre todo en lo que concierne a los productos de la acuicultura. Las actuales dinámicas comerciales, subrayan: a) normas comunes de comercialización; b) reglas de información a los consumidores; c) se instauran regímenes de intercambios con terceros países; y d) se regulan sistemas de sostenimientos de precios.
Esto es, se busca garantizar la estabilidad en los mercados y fomentar la competitividad del sector. En consecuencia, se ponen de manifiesto conclusiones muy relevantes. En primer lugar, los mercados pesqueros son muy abstractos y competitivos donde es difícil definir niveles de seguridad para eliminar la volatilidad y la inestabilidad de los precios; en segundo término, existe una gran complejidad a la hora de establecer regímenes de intercambios que permitan garantizar el aprovisionamiento a precios/costes competitivos, sin que se pongan en peligro las poblaciones de peces o los stocks; y, en tercer lugar, se registra una amplia variedad de normas de comercialización que, a fuer de ser sinceros, no garantizan una armonización global.
El sector pesquero tiene como objetivo valorizar su producción y obtener productos con signos inequívocos de calidad. Todas sus actuaciones están en un continuo proceso de adaptabilidad a nuevos contextos (Anderson et al.,2018). Entre las características del sector pesquero resaltamos su heterogeneidad; su especificidad técnica y territorial; y sus intensos cambios estructurales. La disparidad de los lugares de pesca y la dificultad de las condiciones de acceso a los recursos, los distintos grados de especialización técnica ateniéndonos a los artes y modos de producción y a los procesos tecnológicos; la amplia diversidad productiva en lo tocante a las especies capturadas, permiten apuntar que el creciente “grado de especialización” impulsa a corto plazo a nuevas recomposiciones y delimita nuevas estrategias empresariales y de grupo, ya sea de tipo organizativo ya sea de tipo funcionamiento (Smith & Basurto, 2019; Martin-Palmero & González-Laxe, 2021).


que el creciente “grado de especialización” impulsa a corto plazo a nuevas recomposiciones y delimita nuevas estrategias empresariales y de grupo, ya sea de tipo organizativo ya sea de tipo funcionamiento (Smith & Basurto, 2019; Martin-Palmero & González-Laxe, 2021).
El amplio mosaico de realidades, posicionamiento y comportamientos podemos reflejarlo de manera sintética en la tabla nº 3, en el que se plantean las distintas vinculaciones y posibilidades de estrategia.
Los problemas estructurales del sector se podrían resumir en cuatro apartados. De una parte, la existencia de una sobre-explotación de los recursos, en la medida que se aprecian descensos notables de la biomasa reproductora de los stocks, una alta mortalidad por pesca, y un evidente desajuste entre los recursos disponible y la capacidad productiva. Por tanto, afecta a la viabilidad económica de las unidades de pesca.
En segundo lugar, una atomización de la oferta, en donde predomina el comportamiento individual en la adopción de decisiones; esto es, no suele existir una solidaridad de grupo, de ahí el concepto de “race to fish” o “la carrera por pescar”; la insuficiencia organizativa para regular o proponer planes de captura por áreas, por especies o por temporadas; y en lo tocante a la naturaleza de los comportamientos prevalecen las actuaciones a corto plazo.
En tercer término, una oferta inadaptada a la nueva demanda, que se plasma en que frente a una demanda cada vez más centralizada, la oferta de ciertos productos pesqueros no supone garantía de regularidad y de precios conocidos de antemano. Finalmente, una situación económica frágil, donde los costes de producción (combustible y mano de obra) son rúbricas que sobrepasan el 60% de los costes de explotación.
Las dificultades actuales alimentan las importaciones de pescados procedentes de otras latitudes contribuyendo a alterar las decisiones estratégicas de las distribuidoras. Los resultados advertidos hasta el momento ponen de manifiesto un descenso de los márgenes de beneficios obligando a re-situar ciertas actividades pesqueras en diferentes áreas geográficas dados los altos niveles de fragilidad y vulnerabilidad económica y comercial. (González-Laxe, 2020). Para algunos autores significa “una situación caracterizada por la dominación de los distribuidores” (Gouin & Fady, 2000), así como una especialización de las áreas de distribución de los productos pesqueros y una modificación de las condiciones de competencia/rivalidad (Evans, 2011; Han et al., 2022).
El funcionamiento de las distribuidoras y los mecanismos de aprovisionamiento de productos permite realizar un posicionamiento de las empresas atendiendo a su carácter centralizado/descentralizado; independiente/integrado; franquiciados/afiliados, según que analicemos la estructura, el funcionamiento o su condición. Según sea su connotación así sabremos como incide en los niveles de precios; en las estrategias de explotación de las empresas productoras; en las opciones de pesca; en las políticas de producto. Si las empresas desarrollan una estrategia integrada supondría una centralización de los aprovisionamientos; y, entonces, se demandan productos más homogéneos pudiendo sostener las especificaciones territoriales. Por el contrario, si las estructuras independientes tienen como característica propia su vocación de estar vinculadas con el sector extractivo, tratarán de consagrar su estrategia hacia la libertad de elección de suministro, de aprovisionamiento y de precios con ventajas competitivas, pero con funcionamientos muy descentralizados.

De ahí, la transcendencia que suponen los cambios de patrones, ya sean graduales a lo largo del tiempo ya sean como consecuencia de las interacción de múltiples factores, como los derivados de las modificaciones en lo que respecta a los niveles de ingresos, los precios, las dinámicas de urbanización, la mejoras en los transportes, las tecnologías, los modos de vida, las variaciones en las preferencias de los consumidores, las condiciones de seguridad y calidad alimentaria, el equilibrio dietético, la facilidad de consumo o la sostenibilidad de los alimentos (Salidek, 2019; Blincow et al., 2024).
La toma en consideración de los aspectos de la alimentación en el ámbito del sector pesquero resulta esencial para poder redefinir las estrategias a seguir. De una parte, las cadenas de valor del sector pesquero son la garantía de poder ofertar una amplia gama de productos tanto para el consumo directo de la población como inputs a la industria transformadora. De otra parte, los desafíos que surgen están en constante mutación. De entre ellos, sobresalen las débiles, y a veces inadecuadas, capacidades financieras y técnicas; la fuerte presión sobre los recursos; las menguadas integraciones del sector en las políticas sectoriales; las dificultades de acceso a las infraestructuras o los problemas inherentes al empleo y al relevo generacional, por citar algunos ejemplos a los que constantemente aluden las asociaciones y los sindicatos pesqueros.
El análisis conceptual de nuestro trabajo se basa en constatar como los aspectos nutricionales deben estar más integrados en la puesta en marcha de proyectos y programas sectoriales, utilizando para ello el análisis de los sistemas alimentarios como punto de apoyo al mencionado análisis. Destacan tres aspectos. El primero está referido a las cadenas de aprovisionamiento. Bajo este parámetro, es preciso abordar y disponer de canales de financiación para poder restaurar la diversidad y la estabilización de los recursos pesqueros; es decir, resulta necesario multiplicar las acciones de apoyo a la rehabilitación de los hábitats naturales de stocks pesqueros, así como instrumentalizar los modelos participativos.
De esta forma, es esencial integrar hacia adelante la cadena de valor, buscando una relación entre la diversificación y la sostenibilidad de la producción con los sistemas alimentarios. Para ello, es necesario reforzar las cadenas de transporte entre las zonas de producción y zonas de consumo, aumentando la accesibilidad física y económica de los productos pesqueros a fin de apoyar a los canales de comercialización atendiendo a las reglamentaciones comerciales tanto a escala regional como nacional.
El segundo aspecto hace referencia a los ecosistemas alimentarios. Se sustenta en la atención prioritaria sobre las infraestructuras de venta y en las condiciones concernientes a la calidad y seguridad alimentaria para asegurar y garantizar el valor nutricional de los productos. Asimismo, promover el fomento del consumo y su fácil distribución en todos los territorios. Sin duda alguna, las políticas de regulaciones relativas a las exportaciones e importaciones son básicas e imprescindibles.
El tercer aspecto es el referido a los comportamientos del consumidor y está dirigido a la mejora de la demanda de productos pesqueros, diversificando los regímenes alimentarios tanto de los productores como de los consumidores. Aumentar los grados de sensibilización de los consumidores en lo que respecta a los criterios de calidad y seguridad alimentaria se consideran objetivos básicos.
En suma, se constata la necesidad de transformar los sistemas alimentarios actuales para que sean más sostenibles, justos y eficientes. Es preciso identificar y actualizar las palancas del cambio que permitan hacer posible dichas transformaciones. Los regímenes alimentarios pueden ser desplegados de manera diferente a fin de poder reflejar los procesos locales, regionales, nacionales y globales. No cabe duda de que los sistemas alimentarios exigen mayores dosis de interdisciplinariedad y transdisciplinariedad. A través de los regímenes alimentarios tienen lugar las vinculaciones de las relaciones internacionales de producción y de consumo de alimentos, dando lugar a las distintas formas de acumulación de capital e identificando las diferentes fases de desarrollo, expansión y consolidación de las empresas.
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