Desde hace unas décadas, los estudios sociales sobre la alimentación han identificado múltiples signos de malestar de la ciudadanía con el sistema alimentario, algo también respaldado por una sociedad civil organizada que reivindica la revisión del funcionamiento de un sistema globalizado por sus graves efectos negativos sobre la salud humana y la del planeta. Teniendo en cuenta este contexto, el presente trabajo tiene como objetivo mostrar en qué medida el sistema alimentario español resulta satisfactorio a la ciudadanía o si estamos ante una respuesta emocional de desencanto.

Para alcanzar este objetivo se analiza el grado de satisfacción de la población respecto a los agentes que conforman el sistema alimentario preguntándoles acerca de lo que come, lo que se cocina en casa, lo que se cocina en los restaurantes, la forma de comprar y vender los alimentos, la forma de producirlos y la forma de empaquetar y transformar en la industria los alimentos. Los datos que se presentan proceden de la encuesta ENCALMA2024, enmarcada dentro del proyecto “El malestar con la alimentación: la transición hacia una alimentación saludable, sostenible y justa” financiada por la Agencia Estatal de Investigación en la Convocatoria 2021 de “Proyectos de Generación de Conocimiento” (Referencia PID2021-122721OB-C21).

Los resultados revelan que los niveles generales de satisfacción son elevados, muy especialmente en aquellas áreas del sistema en las que la ciudadanía manipula directamente el alimento como comensal o como cocinero. Sin embargo, el malestar aumenta en aquellos eslabones de la cadena sobre los que se carece de control, la producción, la distribución y especialmente la industria, ámbitos que resultan opacos a la ciudadanía y generan desconfianza en especial en ciertos perfiles de individuos.

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Cecilia Díaz Méndez

Sergio Sánchez Jiménez

Grupo de Investigación en Sociología de la alimentación. Universidad de Oviedo

Resumen: Desde hace unas décadas, los estudios sociales sobre la alimentación han identificado múltiples signos de malestar de la ciudadanía con el sistema alimentario, algo también respaldado por una sociedad civil organizada que reivindica la revisión del funcionamiento de un sistema globalizado por sus graves efectos negativos sobre la salud humana y la del planeta. Teniendo en cuenta este contexto, el presente trabajo tiene como objetivo mostrar en qué medida el sistema alimentario español resulta satisfactorio a la ciudadanía o si estamos ante una respuesta emocional de desencanto. Para alcanzar este objetivo se analiza el grado de satisfacción de la población respecto a los agentes que conforman el sistema alimentario preguntándoles acerca de lo que come, lo que se cocina en casa, lo que se cocina en los restaurantes, la forma de comprar y vender los alimentos, la forma de producirlos y la forma de empaquetar y transformar en la industria los alimentos. Los datos que se presentan proceden de la encuesta ENCALMA2024, enmarcada dentro del proyecto “El malestar con la alimentación: la transición hacia una alimentación saludable, sostenible y justa” financiada por la Agencia Estatal de Investigación en la Convocatoria 2021 de “Proyectos de Generación de Conocimiento” (Referencia PID2021-122721OB-C21). Los resultados revelan que los niveles generales de satisfacción son elevados, muy especialmente en aquellas áreas del sistema en las que la ciudadanía manipula directamente el alimento como comensal o como cocinero. Sin embargo, el malestar aumenta en aquellos eslabones de la cadena sobre los que se carece de control, la producción, la distribución y especialmente la industria, ámbitos que resultan opacos a la ciudadanía y generan desconfianza en especial en ciertos perfiles de individuos.

Palabras clave: Sistema alimentario, malestar con la alimentación, desconfianza ciudadana y sostenibilidad.

Desde hace unas décadas se han ido reflejando reacciones de la ciudadanía con el sistema alimentario que denotan un descontento y una desconfianza crecientes de diversa naturaleza. La percepción del riesgo, que ha ido en ascenso desde la crisis de las vacas locas; la preocupación por la pérdida de atributos culturales de la alimentación, con una clara ruptura cognitiva y simbólica entre el alimento y el producto alimentario; el extrañamiento de los consumidores con los sistemas de representaciones alimentarias que ha dado lugar a dudar sobre lo que es “bueno para comer”; la desconfianza en la publicidad o el etiquetado que cuestiona tanto a la industria como a la distribución:… y un malestar generalizado por la degradación medioambiental y el deterioro de los recursos naturales del que se responsabiliza a toda la cadena alimentaria.

Sea en uno u otro eslabón de la cadena, tanto los analistas como los grupos sociales organizados muestran preocupación por lo que se come: por la forma en que se produce y se trasforman los alimentos hasta su desnaturalización, por las estrategias y de trasformación y venta de la industria y la distribución, por los efectos sobre el planeta de las formas de producción y consumo… múltiples signos de malestar que focalizan en la alimentación una buena parte de las preocupaciones ciudadanas. Al malestar subyace la desconfianza hacia un sistema alimentario que no se ajusta plenamente a las expectativas de la ciudadanía y que se aleja, cada vez más, del ideal alimentario de las personas consumidoras.

En este breve trabajo vamos a precisar en qué partes del sistema alimentario se concreta el malestar y en cuales existe una percepción de bienestar. Para ello se toman los datos de la encuesta ENCALMA2024 realizada a la población española mayor de 18 años durante el último trimestre de 2023 (n=1500). La encuesta ha sido financiada por la Agencia Estatal de Investigación en la Convocatoria 2021 de “Proyectos de Generación de Conocimiento” (Referencia PID2021-122721OB-C21). El objetivo de la investigación ha sido precisar el grado de bienestar y malestar que genera entre la ciudadanía el sistema alimentario español.

METODOLOGÍA

La encuesta ENCALMA2024, fue realizada entre los meses de septiembre y noviembre de 2023. El muestreo empleado es de tipo estratificado, considerando cuatro variables: el sexo (hombre o mujer), la edad (18-35, 36-55, 56-75 y 76 o más), la situación laboral (ocupado y no ocupado) y la Comunidad Autónoma.

En este artículo se ofrecen los resultados de una de las preguntas iniciales del cuestionario que solicita a los encuestados puntuar, en una escala de 0 a 10, su grado de satisfacción en diferentes aspectos del sistema alimentario, donde 0 indica ninguna satisfacción y 10 máxima satisfacción. Se realiza un análisis de dependencia entre esta pregunta y las variables sociodemográficas, con el fin de identificar los perfiles en los que se presenta un mayor malestar o bienestar. A continuación, se detallan las variables y sus respectivas categorías que pretenden ser un proxi del malestar/ bienestar con todos los eslabones por los que circula el alimento en la cadena alimentaria.

La pregunta se compone de seis ítems y está formulada de la siguiente manera: “Puntúe entre 0 y 10 cuál es su grado de satisfacción con las siguientes cuestiones teniendo en cuenta que 0 es ninguna satisfacción y 10 es máxima satisfacción”:

1. Con lo que come.

2. Con la forma de cocinar los alimentos en su casa.

3. Con la forma de cocinar los alimentos en los restaurantes que usted frecuenta.

4. Con la forma en la que se compran y venden la mayoría de los alimentos en tiendas, supermercados, etc.

5. Con la forma en que se producen los alimentos que usted consume.

6. Con la forma en la que se empaquetan y transforman en la industria los alimentos que usted consume.      

Con el propósito de evaluar el nivel general de malestar o bienestar que la población tiene hacia el sistema alimentario, la escala de 0 a 10 fue recodificada con las siguientes categorías:

  • Malestar: que incluye los valores de 0 a 4 de la escala.
  •  Bienestar medio: que incluye los valores 5 y 6 de la escala.
  •  Bienestar alto: que incluye los valores 7, 8, 9 y 10 de la escala.

Se ha realizado un análisis con las siguientes variables:

  • Edad: 18-35 años, 36-55 años, 56-75 años, 76 años o más.
  •  Género: hombre, mujer.
  •  Nivel educativo: sin estudios, estudios primarios, estudios secundarios, estudios superiores.
  • Ingresos del hogar: más de 5.000 €, de 3.901 a 5.000 €, de 2.701 a 3.900 €, de 1.801 a 2.700 €, de 1.100 a 1.800 €, menos de 1.100 €.
  • Tipo de hogar: vive solo/a; con cónyuge o pareja; con cónyuge/pareja e hijos/as menores de 14 años; con cónyuge/pareja, hijos/as menores de 14 años y otros familiares; con cónyuge/pareja, hijos/ as mayores de 14 años; con cónyuge/pareja, hijos/ as mayores de 14 años y otros familiares; solo con hijos/as; con padres, padre o madre y/o hermanos/as; otras situaciones.
  • Asociacionismo: pertenece o no a alguna asociación.
  •  Ideología política: extrema izquierda, izquierda, centro, derecha, extrema derecha.
  • Dieta: el encuestado o algún miembro de su hogar sigue una dieta (sí, no).
  • Participación doméstica: grado de responsabilidad sobre las tareas de cocina y compra en el hogar (todo o casi todo, a medias, nada o casi nada).
  • Situación laboral: ocupado, parado, inactivo, ama de casa, otras situaciones.

En este trabajo se comentan solamente las variables que resultan más significativas.

LA SATISFACCIÓN CON EL SISTEMA ALIMENTARIO

El grado de satisfacción de la ciudadanía con el sistema alimentario español es bastante elevado, destacando el alto bienestar en aquellas partes del sistema sobre las que la población tiene un control alto y que corresponden principalmente al hogar (comer y cocinar) y a la comida de los restaurantes, reduciéndose este bienestar a medida que se valora el resto de los estabones del sistema –distribución, producción e industria-, como se observa en el Gráfico 1.

El bienestar que produce el sistema alimentario español es superior al malestar que genera entre la ciudadanía. Todo parece indicar que la capacidad de decisión de las actividades domésticas ofrece fiabilidad y acrecienta la confianza, mientras que aumenta el malestar cuando se pierde el control sobre el alimento.

Para comprender mejor estos resultados se van a analizar las valoraciones en relación con las variables sociodemográficas. Esto nos permiten identificar patrones de bienestar y malestar en diferentes grupos de la población, revelando cómo se experimentan de manera distinta las relaciones con las diversas partes de la cadena alimentaria. Esto permite precisar donde existen mayores preocupaciones y nos brinda una perspectiva más detallada sobre los aspectos del sistema que generan confianza y aquellos que producen desconfianza.

SATISFACCIÓN CON LO QUE SE COME Y SE COCINA EN HOGARES Y RESTAURANTES

Comenzaremos el análisis explorando el grado de satisfacción de la población con respecto a lo que se come. En este ámbito, los factores con mayor influencia son el tipo de hogar y el género. Todos los tipos de hogares tienen un bienestar alto con respecto a lo que se come, alcanzando todos ellos el 80% en la categoría de “bienestar alto”, aunque son aquellos hogares donde la población vive sola o los hogares monoparentales donde se muestra un mayor malestar.

El Gráfico 2 presenta la satisfacción según el género, permitiéndonos observar cómo hombres y mujeres perciben de manera distinta la relación con los alimentos que comen.

Como se puede ver, tanto hombres como mujeres muestran altos niveles de satisfacción con los alimentos que comen. Específicamente, un 91% de los hombres y un 86% de las mujeres se ubican en la categoría de “bienestar alto”. Estos porcentajes reflejan una satisfacción general elevada, destacando una mayor satisfacción entre los hombres, que superan a las mujeres en 5 puntos porcentuales.

Por otro lado, el nivel de malestar es mínimo en ambos géneros, situándose más alto el malestar entre las mujeres (0,7% varones y 1,8% mujeres). Esto sugiere que, en términos generales, la percepción de la alimentación en cuanto a lo que se come no es una fuente significativa de insatisfacción para la mayoría, aunque se aprecia una ligera peor valoración entre las mujeres y que anima a preguntarse si esta diferencia de genero se dará igualmente en otras categorías ¿son las mujeres más críticas con el sistema alimentario que los varones?

Respecto a la satisfacción con la forma de cocinar en casa, es relevante analizar la influencia del nivel educativo y el tipo de hogar, ya que son las variables que ofrecen algún tipo de significación. De manera general, toda la población se muestra satisfecha, pues se puntúa por encima del 88% en la categoría “bienestar alto” cuando valoran la forma de cocinar en el hogar. Sin embargo, cabe señalar las diferencias cuando se trata de la categoría “malestar”, ya que se muestra un mayor malestar entre las personas sin estudios.

El tipo de hogar ofrece algunos datos significativos con respecto a la forma de cocinar los alimentos en casa. Como se observa en el Grafico 3, el bienestar alto y medio predomina en todos los tipos de hogares, pero es menor en los hogares de las personas que viven solas (13,3% afirman contar con un bienestar medio y un 84,9% alto).

Siguiendo las categorías presentadas en el Gráfico 1, el análisis pasa a explorar el nivel de satisfacción con “la forma de cocinar los alimentos en los restaurantes que usted frecuenta”. En general, el resultado es positivo: un 67% de las personas siente un alto bienestar en relación con esta experiencia. Sin embargo, hay diferencias notables dependiendo del nivel educativo, como se observa en el Gráfico 4.

En general, puntuar alto el bienestar con la comida en los restaurantes es lo más común, independientemente del nivel de estudios, ya que al menos un 65% de personas en todos los niveles educativos consideran que produce bienestar la comida cocinada en los restaurantes. A pesar de este dato, el malestar se acentúa entre las personas sin estudios: un 14,6% de estas personas reflejan su insatisfacción, mientras que malestar no supera el 7% en el resto de los niveles educativos.

Globalmente se puede detectar una importante satisfacción con los eslabones finales de la cadena alimentaria, lo que refleja el bienestar de la ciudadanía con la alimentación cuando esta es elaborada en el ámbito doméstico o en los restaurantes. La preparación de la comida es un proceso de valorización dentro de las cocinas que muestra la relevancia de transformar el producto en alimento como una estrategia que aumenta la satisfacción con lo que se come, incluso aunque la preparación se realiza fuera del hogar.

EL MALESTAR CON LA DISTRIBUCIÓN, LA PRODUCCIÓN Y LA INDUSTRIA ALIMENTARIA

El bienestar disminuye en aquellos eslabones del sistema alimentario sobre los que las personas tienen menor control, como la distribución, la producción y la industria de alimentos, aunque estos agentes siguen alcanzando cifras altas de satisfacción entre la población. La distribución es satisfactoria para el 61,7%, la producción para el 60,2% y la satisfacción con la industria, la que se ve más afectada por valoraciones negativas, no alcanza a la mitad de la población, un 41,9%.

Vamos a detenernos en el análisis del malestar, pues conviene indagar en el origen de esta insatisfacción para aproximar explicaciones que permitan comprender estas valoraciones: un 9,5% de la población está descontenta con la producción, un 10,9% con la distribución y un 21,7% con la industria.

El malestar con la distribución se refleja en las puntuaciones “con la forma en la que se compran y venden la mayoría de los alimentos en tiendas, supermercados, etc.”. Este malestar no es igual para todos: varía significativamente en función de la edad, y también influye la ideología política.

Como se observa en el Gráfico 5, el malestar con la distribución disminuye a medida que aumenta la edad poniendo de manifiesto que la juventud y las personas de edades intermedias muestran una actitud más crítica con el sistema alimentario que los mayores.

Son los grupos de edad intermedia los que muestran un mayor malestar, alcanzando al 33,1% de la población de 36 a 55 años seguidos del grupo que tiene entre 18 y 35 años (30,1%).

La ideología también es relevante, concentrándose el malestar entre las personas que se definen de centro ideológico que aglutina al 46% de los que se muestran críticos con la distribución.

La producción es también cuestionada por la población y esta valoración se ve afectada en particular por el nivel educativo, los ingresos del hogar y la orientación política. El malestar se acentúa en aquellas personas con estudios más altos (secundarios y superiores,) y en aquellas que tienen unos ingresos del hogar menores de 1.100€. La ideología también está afectando a esta valoración y destacan las respuestas más críticas entre las personas que se definen de izquierdas (45,5%) y las de centro (33,6%).

Como se observa en el Gráfico 6, las personas con más nivel educativo muestran una valoración más negativa con la producción. El malestar con la producción de alimentos también se ve afectado por la edad, destaca sobre todo en el tramo de edad de 36 a 55 años, llegando a casi un 50%, seguido del tramo de edad de 18 a 35 años, con un 28,7%.

Finalmente, se analiza el malestar con la industria alimentaria, que es el eslabón de la cadena peor valorado y con el que la población muestra un mayor descontento. La insatisfacción es notable pues un 21,7% de la población califica con menos de 4 puntos “la forma en que se empaquetan y transforman los alimentos en la industria”. Este descontento no es aleatorio, depende de varios factores sociodemográficos, como los ingresos del hogar, la participación en asociaciones y la orientación política. En este sentido, las familias con ingresos más altos (entre 3.901 y 5.000€ mensuales) y aquellas que menores ingresos (menos de 1.100€ al mes), al igual que las personas que pertenecen a alguna asociación tienden a mostrar una mayor insatisfacción con la industria alimentaria.

Pero es la ideología política la variable que presenta una mayor relación con la insatisfacción al valorar a la industria alimentaria, como se puede observar en el Gráfico 7.

Se evidencia que el malestar con la industria alimentaria es más pronunciado entre aquellos que se identifican con una ideología de centro (37,5%), aunque quienes se perciben de izquierdas superan esta cifra (44,3%).

Las posiciones políticas están desempeñando un papel crucial en la percepción sobre el sistema alimentario y están incidiendo, en particular, en la valoración negativa que la población hace sobre la industria alimentaria. Este eslabón de la cadena está más cuestionado que el resto, y de manera especial por las personas ideológicamente de izquierdas y de centro.

CONCLUSIONES

En este trabajo se muestra la satisfacción y el malestar de la población con el sistema alimentario aproximándolo a través de las valoraciones que expresa la ciudadanía hacia la industria, la producción, la distribución, la preparación doméstica y extra-doméstica de la comida y la satisfacción como comensales.

Se ha querido adoptar una perspectiva holística sobre el sistema alimentario y preguntar por las áreas principales por las que discurre el alimento. Esto es novedoso, pues lo habitual es analizar a los agentes y las actividades vinculados al mercado (producción, distribución e industria), pero se ha profundizado poco en la percepción y valoración de las áreas del sistema en las que se entra en contacto directo con la comida.

Precisamente esta perspectiva holística nos permite afirmar que la población muestra un grado de satisfacción desigual hacia el sistema que le sirve de soporte para resolver su alimentación cotidiana. De manera global, la población española está muy satisfecha con aquellas parcelas del sistema en las que se toca directamente el alimento, comiendo o cocinando. Su papel como comensal o como cocinero/a no se pone en cuestión, y comer y cocinar generan una gran satisfacción. Sin embargo, los datos positivos no deben ocultar las valoraciones menos favorables que reflejan el descontento de una parte de la ciudadanía con la industria alimentaria, la producción y la distribución.

La “satisfacción con lo que se come” debe entenderse en relación directa con la “satisfacción con la forma de cocinar los alimentos en su casa” pues el modelo alimentario español se basa, entre otros rasgos, en una alimentación elaborada en el hogar, mayoritariamente por mujeres que cocinan para sí mismas y para otros. El comensal no es necesariamente el cocinero, pero el cocinero (la cocinera) lo es de todos los comensales. Por ello, cuando un comensal está dando una puntuación alta a lo que come, valora al mismo tiempo el esfuerzo realizado por quien cocina para ofrecerle esta comida.

En ambas preguntas, las referidas al comer y al cocinar, el malestar es muy bajo, no alcanzado ni al 2% de la población encuestada y la satisfacción es algo mayor entre los hombres que entre las mujeres, quizás porque son ellas quienes se encargan del trabajo doméstico que requiere comer: la preparación de la comida.

La satisfacción con la comida de los restaurantes es menor que la valoración que se da a la realizada en casa, pero es también alta, alcanzando el malestar al 6% de los encuestados. Cabría pensar en una contradicción entre estas valoraciones negativas y la tradicional comida de ocio entre la población española, algo que tiene un carácter recreativo para la mayor parte de la población que con cierta asiduidad come fuera de casa para encontrarse con amigos o familiares. Sin embargo, son los individuos con menor nivel educativo los que muestran una mayor insatisfacción con esta práctica, lo que probablemente condiciona el hecho de que esta comida extra doméstica esté más vinculada al trabajo cotidiano (de baja cualificación) y no tanto al ocio.

Cuando se habla de la distribución el malestar ya alcanza al 11% de la población encuestada y también disminuye el bienestar. “con la forma en que se compran y se venden la mayoría de los alimentos en tiendas y supermercados”. Es cierto que aquí son muchas las variables sociales que están afectando a la puntuación, pero cabe destacar un mayor malestar entre la población de edades intermedias y entre los jóvenes, la población más crítica con la distribución, aunque también queda en evidencia la importancia de la ideología que muestra más críticos a los ciudadanos y ciudadanas que se identifican con el centro ideológico.

La producción de alimentos cuenta también con una valoración positiva pues un 60% de la población muestra bienestar “con la forma en que se producen los alimentos que se consumen”, aunque el malestar alcanza casi al 10% de la población. Resulta muy significativo que sea la ideología la que determine en mayor medida que otras variables la valoración negativa sobre la producción.

Existe una posición ideológica al valorar a los sectores productivos y son las personas con ideologías de izquierdas y de centro las que se muestran menos satisfechas con su labor en el sistema alimentario. Estos datos dan cuenta de la relevancia política de las valoraciones relacionadas con el sector productivo, al que no son ajenas las recientes protestas de ganaderos y agricultores que animan a la población reflexionar sobre su papel en el sistema alimentario.

La industria alimentaria es la que concentra el mayor malestar alcanzado a un 22% de la población quienes afirman estar descontentos “con la forma en la que se empaquetan y trasforman en la industria los alimentos que consume”. Esta valoración negativa también está asociada a la ideología, siendo más crítica la ciudadanía ideológicamente de izquierdas, aunque las cifras indican que las personas que se consideran de centro también cuestionan el papel de la industria.

De este análisis se puede desprender que el malestar comoienza al introducirse el alimento en los canales de comercialización, donde pierde su naturaleza originaria (alimento) para convertirse en producto (del mercado). Es también aquí donde el consumidor pierde el control al no tener capacidad para decidir qué se oferta en la tienda, cómo se manipula el producto en la industria o cómo se producen los alimentos.

Esta visión amplia sobre el sistema alimentario muestra que la ciudadanía está más implicada en aquellos procesos del alimento más cercanos y cuyo tratamiento directo le genera confianza. Ante la desconfianza de un producto del que se conoce poco o se tiene información sesgada, se responde con la trasformación de este producto en alimento y su manipulación directa ayuda a integrarlo con confianza en la comida cotidiana.

Esta valoración puede explicar algunas de las estrategias de aprovisionamiento que recientemente ha adoptado la ciudadanía: el interés por la compra directa al productor, el cuestionamiento de los intermediarios, el vuelco hacia el producto local…. son manifestaciones de la necesidad de las personas consumidoras de establecer vínculos más directos con la producción, la industria o la distribución y aumentar con ello la confianza sobre el sistema.

Apropiarse del producto a través de la preparación de la comida, o aproximarse a quien la produce o manipula, aumentan la satisfacción sobre lo que se come porque aumenta el conocimiento sobre el producto y reduce la opacidad que tiene el mercado. Esta vinculación con los agentes muestra el aumento de la confianza al percibir la comida como alimento y no como producto.

Cabe prestar especial atención a algunos de los colectivos que han manifestado valoraciones de insatisfacción más claras.

La importancia de la edad nos aporta algunas claves. La población mayor confía más en los agentes del mercado que la población de menos de 55 años. Los mayores son un colectivo con una cultura alimentaria más asentada en la experiencia y la tradición; cuentan con normas culturales para decidir qué y cómo comer. La población más joven no tiene tan integradas las normas culturales tradicionales y necesita, en mayor medida, las reglas del mercado y las de las instituciones (sanitarias y nutricionales) para adoptar criterios de compra y consumo.

Pero la falta de normas de estos colectivos no parece estar resuelta satisfactoriamente por los agentes del mercado, de ahí la insatisfacción de la población de menor edad con el sistema. El ideal alimentario de estos grupos no se cumple a través de la forma en que se produce, se vende o se transforma en alimento, el mercado no ofrece la posibilidad de cumplir plenamente con el ideal, lo que genera desconfianza, insatisfacción, pero los sectores de población juvenil no cuentan con reglas propias de gestión de la alimentación y solo en el mercado resuelve sus expectativas.

Una enorme contradicción que hace de la población más joven el sector con mayor incertidumbre frente a las decisiones en torno a la alimentación, más abiertos a las normas de la industria y más necesitados de reglas institucionales sobre lo que es apropiado comer.

También cabe pensar en la gran relevancia de la ideología para comprender el malestar, confirmándose que la insatisfacción es mayor entre la ciudadanía con una posición ideológica de izquierdas. Las posiciones de los partidos políticos, sindicatos y asociaciones de izquierdas cuestionan, en mayor medida que otras ideologías, los efectos negativos que produce el sistema alimentario. El impacto medioambiental de la producción y la industria, las desigualdades inherentes al sistema con relaciones desiguales de poder entre los actores o las situaciones de precariedad alimentaria en entornos en los que no faltan alimentos, son algunas de las críticas que ofrecen los partidos, sindicatos y asociaciones, algo que se hace eco entre la población ideológicamente próxima a estas posiciones.

No es por tanto extraño que la ideología se trasfiera al malestar, a la insatisfacción con el sistema en aquellos aspectos, nuevamente, que están fuera del control de la ciudadanía, mostrando una valoración crítica con ellos y evidenciando el malestar y la insatisfacción con los agentes del mercado alimentario responsables de estos efectos negativos que se le atribuyen.

Las recientes protestas de los sectores agrícolas y ganaderos no son ajenas a estas declaraciones de los encuestados y encuestadas, que han dejado en evidencia la desconfianza en las instituciones que regulan el sistema y que se refleja en particular en las reglas del mercado que afectan a la industria, la producción y la distribución.

Resulta significativo que no exista una valoración ideológica en aquellas parcelas del sistema fuera del mercado, es decir, que la ideología solo esté condicionando las valoraciones de las áreas mercantilizadas del alimento. El valor de la preparación de la comida y la ingesta es un valor cultural, no ideologizado, que no diferencia a la población: la preparación de la comida y el comer tienen un alto valor para toda la ciudadanía.

La mercantilización de la comida muestra la ruptura de los vínculos entre los agentes de un sistema que necesita articularse en torno a la confianza. El malestar no es positivo para la ciudadanía, ni es positivo para los agentes del sistema y puede producir un distanciamiento irreparable en una sociedad donde la vía principal de aprovisionamiento de alimentos es el mercado.

La desconfianza con la producción, la distribución o la industria no augura buenos tiempos para poder alcanzar el ideal alimentario de la ciudadanía, anclado en disponer de alimentos saludables y sostenibles. Hemos constatado que el foco más evidente de satisfacción y confianza se encuentra en la actuación de la ciudadanía como comensales y como cocineros (como cocineras).

No es desdeñable recuperar la importancia de los aspectos culinarios de la alimentación y poner en valor la importancia que la población española da al comer y al cocinar como vías para encontrar la conexión entre producto y el alimento, como arteria de conexión entre los agentes del sistema alimentario.

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